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Posts Tagged ‘El chico que imitaba a Roberto Carlos’

20070311212938-el-chico-que-imitaba-a-rc.jpgEl verano iba pasando perezoso, lento y a la vez demasiado rápido, entre el chirrido de las chicharras y el calor pesado de julio y agosto, el estío discurría entre las horas tontas y el sopor de después de las comidas, entre el bordoneo de los abejorros y la suicida insistencia de las moscas….”

Soy propenso a las ficciones que recrean el verano como estación de tránsito en la que se sustancian las ásperas experiencias que conducen a la madurez.  Acabamos de terminar la lectura del libro de Martín Casariego en 3º de la ESO. La concurrencia parece satisfecha: por una parte, se recrea un universo que les resulta identificable,  por otra, una corriente de empatía  ha propiciado una acogida favorable. No olvidemos la influencia del grupo en la opinión adolescente. El relato tiene, sin duda, valores interesantes. Apunto algunos: 

a.    La recreación  del barrio de clase media-baja como un microcosmos en el que conviven en relación más o menos conflictiva personajes de variada condición. Resulta atractivo a nuestro alumnado la presencia de las distintas tribus de la barriada (punkys, cabezas rapadas, etc..).

b.    La selección del punto de vista narrativo (un narrador interno, en cierto modo coprotagonista ) cuya voz les resulta muy familiar a nuestros chicos.

c.     So capa de ser expresados en argot juvenil cuelan bastantes  pasajes meditativos. Logro no menor, si pensamos que la fórmula al uso prescribe 80% de diálogo y 20% de narración.

d.    La superposición de un conflicto sentimental (la equívoca historia de amor del protagonista)  y otro de contenido social, relacionado con la especulación urbanística y las drogas (por más que el desenlace de este último resulte a la postre bastante naïf).

e.    El chico que imitaba a Roberto Carlos es  un tipo asertivo que afirma su sensibilidad en un ambiente adverso, dominado por el gregarismo y la violencia tribal.

f.      El final no es claudicante. No existe happy end. 

Sin embargo, hay aspectos en los que la novela (de 1995) acusa el paso del tiempo. Algunos giros o modismos de la jerga juvenil resultan ya anticuados  (buen pretexto para reflexionar con ellos sobre lo efímero de determinadas modas expresivas).  Por su parte, las referencias al mundo de la heroína  quizá resulten lejanas a generaciones como la actual que debe lidiar  con la añagaza de las llamadas drogas recreativas. 

El libro tiene versión cinematográfica (Tú qué harías por amor) que no he tenido ocasión de ver todavía. Creo que Barrio, de León de Aranoa sería un excelente complemento.

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